Marita S siempre llegaba tarde, a clases, al dentista, a las citas. No lograba sincronizar su reloj interior y siempre mal calculaba los minutos que distaban entre “ya” y adonde iba. Por ejemplo, había tomado la precaución de contar cuantos minutos demoraba en tomar el ómnibus y llegar hasta la dirección de sus clases de pintura, pero cuando llegaba el jueves algún conjuro se posaba sobre ella y un semáforo demoraba más de la cuenta, así que cruzaba los dedos para que todo funcionara, pero unas cuadras más adelante la detenía una barrera de trenes, de un tren, con el que nunca había contado y era un tren eterno, que hacía que finalmente llegara con diez minutos de retraso.
Todos la llamaban "atrasadita" y aunque se reían con ternura del pequeño defecto de Marita, sospechaban que escondía un conflicto mayor; así que a espaldas de ella murmuraban una serie de patologías que la dulce Marita ignoraba.
Poco a poco, frustrada, fue dejando de lado algunas obligaciones. Encontró un tiempo excedente que decidió invertir en conocer personas por Internet.
(sigue)
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